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¿DE UCRANIA A DIOS?

Jose Ignacio González Faus

Guerra en Ucrania 4 4 2022 reflexionando la palabraComo sucedió también con la covid, parece que el drama de Ucrania está planteando de nuevo no la afirmación (o la negación) sin más, sino el tema mismo de Dios. Un tema que hace solo cuatro o cinco años, parecía a muchos tan fuera de lugar como hablar en serio de las meigas o de los marcianos.

A ver si consigo plantear el problema con la mayor objetividad posible.

1.- Parece cada vez más innegable que, a la larga, la ausencia de Dios, va quitando fundamento absoluto a los valores, y desata así un proceso por el que los valores van convirtiéndose en intereses y los derechos acaban convirtiéndose en deseos. Es decir: un proceso insensible de auto- absolutización. He conocido trayectorias de gente que, tras perder la fe, me dijeron que todas sus posturas y sus valores seguían intactos; y al cabo de unos años, se preguntaban cosas como esta: “¿por qué tienen que importarme los demás si yo no le importo a nadie?”.

Personalmente, he tenido la suerte que casi todos los increyentes con los que he tratado no eran de esos que te miran por encima del hombro preguntando: “pero ¿tú todavía crees en esas cosas?”, sino gentes honestas, que seguían creyendo en la importancia de los valores morales absolutos, aunque solo fuera por razones estéticas: “es más hermoso así” (oti kalón, que decían los griegos). Pero a la hora de comunicar tales valores, se encontraban con que eso de la belleza puede ser algo muy subjetivo y “sobre gustos no hay nada escrito”: a ti te gusta el vino y a mí la cerveza, a ti Brahms y a mí Schubert. Y sobre eso no hay ninguna ley universal.

2.- Pero, si la ausencia de Dios amenaza con estos vacíos, profundos como abismos, la fe en Dios tampoco debe ser vista como una solución clara. Pues se enfrenta con el enigma de lo que se ha llamado “silencio de Dios”: ¿cómo es posible que no veamos actuar a Dios, ante realidades como el Auschwitz de ayer y la Ucrania de hoy? ¿Dónde está Dios ante esas calles vacías (pobladas solo por cadáveres, algunos además con las manos atadas a la espalda)? ¿Dónde está Dios ante esas madres desesperadas por no saber cómo liberar a sus niñitos del pánico, del hambre o de mil incomodidades superiores a sus pequeñas fuerzas?

Si la falta de Dios ha de soportar la plena inconsistencia de todo, la fe en Dios ha de soportar el escándalo del mal (y estoy hablando de fe, no de mera creencia). Y si la falta de fe tenía el recurso a la belleza para dar alguna consistencia a la moral (Nietzsche también puede ser ejemplo de eso, aunque ni la misma belleza pudo liberarle de la locura), la fe puede tener el recurso a la libertad del hombre, como conato de explicación de la ausencia de Dios. Fue un ateo como J. P. Sartre quien confesó que lo que le gustaba del Dios cristiano es que había preferido un mundo con libertad, aunque funcionase mal, que un mundo fascista que funcionara bien.

Este problema del silencio de Dios, tuvieron que soportarlo de manera impresionante los creyentes del llamado “Antiguo Testamento”. Mucho más difícil para ellos que para nosotros hoy: porque el Dios en que creían no era vivido todavía como realidad universal, sino como una especie de propiedad particular puesto que ellos eran “el pueblo escogido”. Todo el Antiguo Testamento es testimonio de cómo, para explicar esas ausencias de Dios, se intentó darles un carácter de “castigo”, dado que aquel pueblo era bastante consciente de su contínua infidelidad. Pero esa explicación no funcionó siempre, pues fueron apareciendo ejemplos inexplicables de una derrota cuando el rey o el pueblo estaban portándose mejor. Ahí queda el drama de Job.

 Sin duda, es muy imperfecta esa explicación del castigo. Y resulta nefasta cuando genera esa mentalidad del “qué he hecho yo para merecer esto”, o ese clericalismo impávido que se atreve a decir al que sufre que Dios le manda aquello “porque le quiere mucho”. No obstante, podemos recuperar algo de esa pseudoexplicación, si convertimos los presuntos “castigos” en lecciones: una palabra que puede valer tanto para creyentes como para increyentes. Veámosla un momento.

3.- Muchas parejas han tenido la experiencia que hay veces en que no han de sacar las castañas del fuego a sus niños, incluso aunque el niño murmure aquello de “mi papá (o mi mamá) no me quiere”. Porque lo que quieren el papá y la mamá es que el niño cuaje como persona libre y capaz, y no totalmente dependiente de los padres: que sepa llegar a las cumbres porque ha aprendido a subir, no porque le llevan en helicóptero.

Esta explicación es solo una imagen muy pálida: es más señal que explicación, marca más una dirección que una respuesta. Creyentes y no creyentes han de aceptar que Dios es absolutamente incomprensible; que (como acuñó Agustín de Hipona): “si lo entiendes, aquello ya no es Dios”. Y, como enseñó un Concilio medieval: “todo lo que se diga de Dios, por mucha verdad que tenga, tendrá aún más mentira”.

Nos quedamos pues con que, si Dios existe el mal no tiene explicación, pero si Dios no existe el mal no tiene solución. Esto es lo que nos permite atender más a esa tarea pendiente: qué lecciones debemos aprender de Ucrania. Una tarea que vale tanto para creyentes como para no creyentes, aunque unos la enfoquen desde su fe, y otros desde su increencia.

Pero me temo que esta pregunta tan importante, aún no nos la hemos hecho en serio. Y me duele pensar que, por causa de Ucrania, ha aumentado el número de españoles que creen conveniente incrementar nuestro presupuesto militar, cuando debería ser al revés. Corriendo los riesgos que sea si esa lección solo la aprende un pueblo concreto y no toda la humanidad. Pero sabiendo que, hasta hoy, todas las armas teóricamente defensivas, han acabado por ser sobre todo armas ofensivas y, además, fuente impresionante de negocios infames.

De hecho, en estos momentos no tenemos ninguna seguridad de que el crimen de Ucrania no acabe convirtiéndose en una guerra no solo mundial, sino además nuclear. Como suele suceder, la pequeña ventaja a corto plazo nos ciega totalmente ante la gran amenaza a largo plazo; nos basta, como a don Juan Tenorio, con esa pequeña evidencia inmediata del “cuán largo me lo fiais”. Olvidamos aquel dístico que no procede de ningún texto religioso sino del poeta romano Ovidio, y que fue escrito hablando del amor: “principiis obsta; sero medicina paratur cum mala per longas invaluere moras” (lucha desde el principio; pues la medicina llegará tarde cuando el mal se ha fortalecido por largas desatenciones). Y esta ceguera nos lleva a que si luego, por desgracia, se cumple ese peligro a largo plazo, entonces acabemos preguntándonos qué hace Dios, en lugar de examinar qué no hemos hecho nosotros.

Es lógico horrorizarse antes imágenes que nos llegan de Ucrania o ante crímenes de hoy, como el del padre que mata a puñaladas a su niño de once años. Pero más importante que horrorizarse es comprender qYo soy la luz del mundo reflexionando la palabraue esa atrocidad no ha nacido de golpe: es el resultado de un proceso moral “cancerígeno” por el que un falso amor, egoístamente posesivo, acaba degenerando en una dependencia insoportable, que prefiere una cárcel de por vida, a seguir preso de esa dependencia. Por eso no vale esa falsa denominación interesada de violencia “de género”. Muy falsamente neutro resulta ese género.

4.- Como conclusión personal me gustaría añadir que para todas las reflexiones aquí sugeridas, puede ser útil la figura de Jesús de Nazaret, no ya como presencia de Dios, sino simplemente como maestro. Tanto que llevó a sus seguidores a poner en labios del Maestro estas palabras: “Yo soy la luz del mundo”. Una luz que llevó a gentes no cristianas como Ibn Arabí o Roger Garaudy a vivir y a proclamar aquello de que “Jesús es de todos; no solo de las gentes de iglesia”.

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LEMA DEL AÑO: “Con Jesucristo, por María, evangelicemos la cultura”

Abril:

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