SUBIR A DIOS

Por P. Wilkin Castillo

XI Domingo 1Hoy tenemos la gran oportunidad de celebrar el undécimo domingo del tiempo ordinario y me llama poderosamente la atención en la primera lectura del libro del éxodo cuando su autor nos dice lo siguiente: “Los israelitas llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente al monte. Moisés subió hacia Dios”.  Subir a Dios es una frase poderosa que no pasa de moda ni pierde fuerza, ya que todo ser humano que habita en este planeta tierra ha de procurar siempre subir a Dios. Esta es una acción que se convierte en un sinónimo de felicidad.

 Por su parte, Dios mismo dirige su palabra a Moisés y a todo el pueblo al expresarle: “Ya han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escuchan mi voz y guardan mi alianza, ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Aquí podemos notar que hay un cuidado paternal y especial de parte de Dios para con el pueblo y un llamado explícito para que todos se vuelquen hacia él. En todo este proceso de acompañamiento de Dios con su pueblo no estaba basado en la suerte, ni mucho menos, era un tipo de adivinanza, era una experiencia vital basada ya en un hecho real y en un testimonio vivido; por eso el Señor llega a decirle: “Ya han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí”.  Aquí una vez más se cumplen las palabras bíblicas: “El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.

En el Evangelio de Mateo se nos narra una situación muy parecida a la que se nos presenta en la primera lectura del libro del éxodo: “En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”.  Había una especie de desolación por parte de la gente, andaban buscando un sentido y una respuesta a su existencia. Por tal motivo, Jesús en este evangelio es con mucho lo que era Moisés para la gente en la primera lectura.

Es importante darnos cuenta, que cuando nuestras acciones contribuyen a que otros se encuentren con Dios estamos nosotros subiendo a Dios y colaborando para que los demás también suban a Dios. Nuestros actos de fe son un subir a Dios, nuestras vivencias cristianas, llámese retiros, charlas cristianas, es un subir a Dios, cuando participamos con cuerpo, alma y corazón en la misa, es un subir a Dios, en fin, son tantas formas y maneras distintas para subir a Dios.

Entonces dijo a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Esta frase nos quiere decir explícitamente, que hay mucho trabajo y pocos obreros. Creo que es una realidad que viene padeciendo nuestra Iglesia a lo largo de su historia, tenemos muchos frentes de trabajo y cada día son menos los que se comprometen con gozo y entusiasmo.

Un gran bien que podemos hacer es orar por esta situación y al mismo tiempo conquistar y convencer a otros para que asuman el trabajo evangelizador y misionero que el Señor mismo nos propone como alimento de nuestra fe. Todo esto asumido y vivido a plenitud es camino seguro para subir a Dios.

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